Agnes

Agnes, la abuela sonriente de Skye

Agnes
Agnes en su cocina

El día que Agnes abrió la puerta de su casa-hostal me recordó a mi abuela: la sonrisa grande que transforma sus ojos azules en líneas diminutas, las arrugas finas que parecen empujar el pelo gris hacia arriba y sus manos huesudas que se lleva a la cara como expresión de sorpresa de quién no deja de admirarse con las cosas simples. Encontrarme con una abuela de mirada chispeante que no para de sonreir y con quien puedes pasarte horas hablando hizo que vuelva a pensar en los verdaderos motivos que nos llevan a viajar.

Su gran casa blanca  mira a tres montañas que parecen volcanes y que descansan en medio de la nada de la gran Isla de Skye por donde no pasa más que aire y alguna que otra vaca solitaria envuelta en un enjambre de pelos. Es, tal vez, por esa misma soledad o por la confianza que le dieron los años abre la puerta de par en par y sin preguntarnos quiénes éramos; se interesa por el viaje, el hambre y el cansancio y yo pienso que no sólo las arrugas hacen a una abuela. «Yo me llamo Agnes, no es un nombre muy bonito, pero en Polaco es Agnesca y eso sí que es mucho peor», me dice antes de soltar una carcajada y mirar hacia los lados como niño después de una travesura.

En el puñado de casas junto a la carretera todos conocen a Agnes y no es para menos, lleva toda su vida viviendo allí cuidando del hostal, horneando pan en la cocina más grande que he visto en mi vida y contándole a todos lo afortunada que se siente por tener hijas estudiosas y un marido que sonríe tanto como ella.

En la inmensidad de la isla donde la riqueza más grande a la vista del hombre es el paisaje que defenestra la creatividad de todo pintor, allí donde las estrellas se cuentan por millones y los atardeceres piden a gritos ser inmortalizados en fotografías, allí ,ismo donde no existe casi nadie es donde camina esta mujer que hace que nos aferremos a lo que realmente importa, a la riqueza que no se puede comprar; es ella quien nos hace creer una vez más en la posibilidad de que el humano se pueda fundir en un abrazo para pensar que la magia que mueve el universo son esas relaciones que nos contagian de energía.

Son las seis de la mañana y aunque es silenciosa se la oye deambular por su cocina; poco tiempo después el aroma del café recién hecho y el pan saliendo del horno impregnan la casa. Hacia afuera se ven las montañas, el verde extenso y el cielo de un azul intenso apenas salpicado por unas nubes limpias.

A primera hora de la mañana nos llevó el desayuno al comedor y apenas diciendo algunas palabras se retiró para dejarnos comer y casi sin darnos cuenta pensamos en su ausencia, en lo abarcadora de su sonrisa, en la cordialidad de pueblo y en que antes de irnos tendríamos que despedirnos como en el encuentro, con abrazos efusivos, sonrisas que prometen encuentros futuros y esa mirada a los ojos que enternecen y te hacen pensar: los viajes están compuestos por personas, por vivencias y por momentos, sino no sería un viaje.

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