Abro la tienda de campaña y, a lo lejos, veo el monumento a William Wallace mientras yo preparo mi desayuno y pongo las cosas en la bicicleta para continuar viaje. Mientras lo hago pienso que esto, viajar en bicicleta, es una diversión, no como lo que hacía Wallace.
Los escoceses miran a Wallace con un poco de desdén. No por su culpa, sino por el cine que mezcló tiempos históricos, exageró cosas y otras tantas incongruencias con las que se podría escribir un libro. Pero el monumento siempre estuvo allí, o desde hace mucho tiempo. Visitar el monumento de William Wallace no es difícil, pero no es mi misión hoy. Tengo que empacar; desayunar y pedalear más rápido que las nubes negras que avanzan sobre mi espalda.
Yo huyo de la lluvia y pienso que Wallace vivía en el lodo, en la humedad y con todo eso, en la dignidad.

Trabajar, tener vacaciones, subir a la bicicleta, hacer cientos de kilómetros es diversión. Es pasárselo bien, es relajante y es, digamos, antiestresante. Pienso esto mientras el monumento de Wallace me mira desde lejos y me da señales de que suba a la bicicleta y me vaya porque el mal clima y la buena gente siempre aparecen en Escocia.
“Tienes que ir al café Velo, es muy bueno y es para ciclistas”, me grita desde su bote un hombre. Sería algo normal si no fuese porque estamos en el medio de la nada a unos 150 kilómetros del destino que me aconseja. Más extraño es que él está en el agua y tiene que gritarme porque nos separan varios metros.
Cosas raras pueden pasarte en los viajes. Pocos kilómetros después me encontré con un hombre que me prestó su bicicleta híbrida recomendándome que compre un motor para la mia porque él estaba orgulloso de ser un perezoso. No sabíamos ninguno de los dos que habría deseado su motor unos días después con el viento, la lluvia y las subidas.

A veces me pongo místico, o casi siempre, y pienso que todas son señales. Wallace seguía en mi cabeza y yo pensé que todos los que se me aparecían eran enviados por él, su espada o por Murron MacClannough, quién sabe.
Tenía, alguno de ellos, que insistirme en la lluvia que se venía. Me cayeron unas gotas sobre el casco y seguí hasta que con unos 40 kilómetros recorridos me puse a buscar donde acampar.
Pozas de agua, cascadas y campos cerrados con ganado fue todo lo que encontré. Un abuelo que me crucé en el camino me dijo que la lluvia no pararía y que, posiblemente, sería mucho peor. Los locales siempre conocen el clima mejor que uno y si son abuelos saben mucho más.
Cuando era pequeño me gustaba jugar bajo la lluvia porque vivía en una zona subtropical. La mejor forma de enfrentar la lluvia en la bicicleta era traer esos recuerdos hacia mi y olvidarme del fría, de que los guantes me goteaban litros de agua y que aquello parecía una ducha intensa pero sin jabón.
Las personas que pelearon junto a Wallace en la batalla de Stirling Bridge. Lo hicieron en las peores condiciones. Era el mes de septiembre de 1297 y el aire fresco junto al agua permanente ya se hacía notar. Dormían sobre el barro y pisando mierda de caballo. La comida no era de lo mejor y ni soñar podían con un té caliente después de las 8. Soñaban que no los mataran y con ser libres.
Esto, andar en bicicleta, es un juego. Y como juego apuesto todo por el pedal, la fuerza y el desafío de llegar a posar la vista frente a la Isla de Arrán antes que se ponga el sol. Y lo consigo en nombre de William, Murron y de todos los soldados.
