Un viaje personal

El otro viaje

Es medianoche, la nieve no se va y brilla bajo la luna mientras pienso que no siempre hay que entrar en un avión o en un bus para viajar; el viaje, amigos míos, a veces llega de la manera más inesperada que podamos imaginarnos. A veces, como me acaba de pasar, el viaje lo hacemos a través del tiempo y el espacio.

Un viaje personal

Cuando en Edimburgo llegan los fríos el sol se esconde a las 3 de la tarde y media hora después la oscuridad nos lleva a meternos en la casa. Refugiado del frío y la oscuridad estaba yo con mi arbolito iluminando el salón de manera intermitente, leía en el sillón y la voz de Miri se me acercó como un soplo de novedad: “Hoy vas a tener tu primer regalo de Navidad”. Me pareció un poco precipitado pero no había razones para rechazarlo porque, lo supe en ese instante, tampoco era posible posponerlo.

El ordenador se encendió y del otro lado apareció una persona que comenzó a leer un texto que me parecía bastante bien escrito. Su cara me resultaba familiar, pero dudaba. Habían pasado los años, más de siete años; habían pasado los kilómetros, más de 12 mil y la duda se abraza con la incertidumbre cuando el tiempo y el espacio son sus campos de juego. En el otro lado del ordenador estaba, para mi sorpresa Roberto Mateo, un escritor y amigo que no veo hace tiempo y que ahora, gracias al regalo navideño de Miri pude volver a encontrar.

No recordaba, al menos no lo recordaba hasta hace poco, que había escrito el prólogo del libro “Heráclito y el guardacuadros” y se lo conté a Miri mientras desayunábamos; ella lo guardó en su memoria y me consiguió, sin que yo lo supiera, un billete para viajar en el tiempo y el espacio, para encontrarme con el autor del libro que vive en el norte de Argentina.

Uno de los regalos de Navidad más memorables y atractivos que he tenido fue un viaje, uno para el cual no se necesita transporte ni dinero, sino compañeros de ruta que hacen de tu trayecto un momento agradable que no lo olvidarás facilmente.

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